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Javier León "Dete"Javier León Herrera para el resto del mundo, escritor y periodista, en Ayna fue, es y siempre será Dete: “Se crió entre las calles empinadas del pueblo, aprendo en su escuela, entre otras cosas a escribir su nombre sin acento, creció jugando al guá, churro, medio manga y mangotero, fútbol en el Tiñoso y en la pista de La Toba; vivió las muestras de los gorrines en invierno, los tomates en verano y los vermús del Casino. Salió por obligación, a Madrid a estudiar Periodismo, al mundo a ganarse la vida, he escrito varios libros y sigue en ello, en todos hay una mención a su tierra. Paso por departamentos de comunicación, periódicos, radios, televisiones y agencias, a ambos lados del Atlántico. El mundo siempre, tarde o temprano, le devuelve a Ayna.

Plaza Mayor de Ayna

SI LLEGAS A AYNA, ERES DE AYNA

Escribir de Ayna, y hacerlo desde la enorme distancia de un océano interpuesto, es potenciar las mismas sensaciones que se me vienen al nudo de la garganta cuando evoco a mi pueblo, cosa que hago a cada rato por cierto. Escrito por ahí está, no tengo palabra para Ayna sino palabra quebrada, de un desgarro profundo, del asomo de una lágrima, por un pedazo de tierra ni mejor ni peor que otras tierras, pero con la exclusividad innegociable de ser la propia tierra, igual de propia como uno la quiera sentir, Ayna es mía y es tuya, Ayna y los ayniegos siempre se dejan querer, siempre te hacen un hueco.

No hacen falta requisitos extraordinarios ni carnet ni padrón para sentir esa magia. Lo he visto infinidad de veces con mis propios ojos, y lo sigo viendo. La atmósfera de este valle del río Mundo te cobija con apenas una mirada. La hospitalidad de los ayniegos, serviciales anfitriones, gente buena que labora sus cuatro palmos de tierra, que recuerda ese perfil cantado en los caminos andados de Machado, te abrigan desde el primer encuentro.

Por ello no se necesita nacer, ni residir, basta solo con una filiación así sea lejana, o con un amor declarado del visitante que se mezcla con sus gentes, se sumerge en sus calles, hospedajes, senderos o bares. Vivir Ayna te invita a contar que tú también fuiste y serás parte de Ayna. Un carácter abierto al mundo que probablemente encuentra su punto álgido, su prueba irrefutable, su momento más representativo en esas fiestas de septiembre que miles de personas han hecho suyas. Un orgullo que pasear por el mundo.

Si de pintar una acuarela para el reclamo turístico se tratase, podría usar muchos trazos de las cosas buenas de la vida con sello de autenticidad propio que se alojarían en el lienzo serrano: un paisaje montañoso que tantos y tan merecidos epítetos le han originado, una ruta recreando la ficción cinematográfica que convertía una calabaza en una mascota viva o una gastronomía de alimentos de la tierra cocinados por manos artesanales. En definitiva, una simbiosis rural para goce de cuerpo y espíritu.

Sin embargo, existe un algo invisible en Ayna que transforma en sublime la experiencia. Es ese don que le hace a cualquiera asumir como propias las palabras de la emoción continuada, el recuerdo que no cesa, la nostalgia, el deseo permanente del regreso. Es un algo que está y no lo ves, pero lo sientes, nada más llegar, nada más irte. Porque Ayna siempre tiene una silla para ti, para sentarte en su vermú, el real y el imaginario, para compartir, venir, escuchar, sentir, para escribir después, por esos mundos de Dios, dos palabras, inolvidable y eterna. Así es mi pueblo, o el tuyo, porque si llegas a Ayna, no importa cómo, ya eres de Ayna.

 

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