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Dani Moreno

Dani Moreno Rodríguez, Diplomado de enfermería por la universidad de Valld’Hebron y post-graduado en enfermería quirúrgica por la E.U. I Vall d’hebron. He desempeñado mi actividad profesional en el hospital Germans Trias i Pujol, Hospital General de la Vall d’Hebron y actualmente en el área de urgencias y quirófano del Hospital Fundació de l’ Esperit Sant.

slow turim en la Sierra del Segura

Aýna, tocando el cielo.

Nieto e hijo de ayniego, nacido como tantos otros hijos de emigrantes de la zona en Barcelona, puede decirse que he pasado una doceava parte de mi vida en esas tierras, que seguramente me han marcado mucho más.

Somos de la Dehesa de Ayna, pedanía bastante grande que cobra vida en verano, época en la que en sus viejas calles y casas vuelven a escucharse las risas de los niños, en este caso nietos y bisnietos de los últimos habitantes de la aldea.

A diferencia de Ayna y el Royo Odrea ( “el Pontarrón”), arracimadas y, en ocasiones colgadas de la montaña, con el río a sus pies y mucho más fotogénicas, la Dehesa, las Navazuelas y la Sarguilla son aldeas planeras, con amplios caserones con corral, restaurados algunos con muchos sacrificios por sus dueños, donde aún se trabajan activamente los campos colindantes.

Este hecho hace ideal el lugar como punto de partida para rutas en BTT por la zona, trekking que comunican las aldeas con Aýna, accesibles a todos los niveles de dificultad y por un paraje donde se observa un paisaje espectacular y, con un poco de suerte, una fauna ibérica donde destacan las cabras montesas, el jabalí y en ocasiones alguna pareja de águilas que sobrevuelan los riscos del gargatón.

En los últimos años, las rutas de escalada, la cueva del niño con sus pinturas rupestres han tomado protagonismo, y pese a ser poco conocidas no debe dejarse la oportunidad de visitar este rincón de nuestra historia.

Carrascas inmensas, nogueras de diámetros imposibles y frescos pinares por los que perderse a escasa distancia del pueblo, y tras una buena pateada, unas chuletas con sus patatas al montón y una ensalada de tomates de la huerta y un baño en el río pueden convertir un sencillo día de vacaciones en uno de los más inolvidables.

Sigo intentando llevar a mis hijos allí todos los años, para que no olviden sus orígenes y como complemento a la vida de urbanistas. Es un tiempo de desconexión para todos, que por desgracia generalmente no es tan largo como nos gustaría.

Y al llegar la noche, apagadas las farolas, es un placer coger de la mano a los pequeños, mirar al cielo y ver la vía láctea con el cielo cuajado de estrellas que van a morir a Ayna… y en agosto, puntuales cada año una espectacular lluvia de estrellas fugaces, desde la puerta de nuestra casa parece que las acariciamos con simplemente estirar el brazo y allí tocamos el cielo.

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