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Antonio Denia - Ayna te llevo en corazónAntonio Denia “ Nono”, 49 años, albaceteño, y ayniego de adopción. Corredor tardío pero entusiasta. Llegado a este deporte bajo la amenaza del sobrepeso, descubrió que correr no sólo era un remedio eficaz contra los kilos, era algo más. Y se quedó. Hoy lleva en sus piernas tres maratones, muchas medias, y bastantes carreras de montaña, un entorno en el que se siente libre y donde por algunas horas olvida la dictadura del reloj y las marcas para sumergirse en el silencio y la soledad, sensaciones tan necesarias a veces para un ser humano cada vez menos acostumbrado a la pausa y la reflexión.

CORRER POR AYNA, Qué necesidad ???

Es la hora del vermut, y eso es sagrado para todo ayniego que se precie. Toca ir al Goterón, a La Entrada o al Casino. Hoy tal vez estén en Casa Segunda, en La Carmen o en el Pub Galo’s, o quién sabe, lo mismo han quedado en el Avenida, o en la terraza del Hotel. Entretanto arreglamos el país, mezclamos la política con las tareas cotidianas, todos llevamos razón,  y sin saber cómo, se desvela que a alguien le gusta correr por el monte, y desde ese momento, tarde o temprano, a lo largo de la conversación va a llegar una pregunta… una pregunta que casi siempre se le hace y casi nunca se sabe responder a la primera… ¿Qué necesidad?

Sería fácil decir que por el contacto con la naturaleza, por sus paisajes, por cambiar los humos y bocinas de los coches por sonidos de hojas, aire y pájaros, por su dureza, por su toque de aventura, por probar nuevos retos…

Pero hay algo más, algo a lo que se hace mención en casi todas las entrevistas de corredores y corredoras de trail, algo que todo el mundo que corre también lo nombra en más de una ocasión y algo que también se cita en videos promocionales y de motivación relacionados con el trail… algo que es difícil de explicar… algo que una vez que se despierta ya no se puede volver a dormir… algo que es… la sensación de libertad.

Desde la niño, todas y todos guardamos muchas sensaciones, que por una razón u otra se han quedado grabados en nuestra memoria, y que a lo largo de la vida a veces las volvemos a sentir. En este punto he de decir que no tuve la suerte de nacer en Ayna, pero eso no fue un impedimento. En cuanto tuve ocasión de que se cruzara en mi camino quedé prendado de sus encantos, y dicho sea de paso, de una ayniega en especial. Y así sigo. Pero eso no viene ahora a cuento.

Yo me acuerdo perfectamente de la sensación de equilibrio cuando por fin conseguí pedalear la bicicleta sin los “ruedines” ( qué gran maestro fue mi padre),… me acuerdo de la sensación de impotencia aquel día que no pude doblegar la voluntad férrea de quien me castigó sin algo que quería… me acuerdo de la sensación de ahogo aquella vez que caí a la piscina sin saber nadar… y también me acuerdo de la sensación de libertad cuando llegaron los primeros días en los que pude salir solo a la calle, a jugar, a disfrutar, a correr, a fumar a escondidas, a lo que fuera… aquellos días me sentía libre y también bajaba las escaleras de casa de tres en tres. Por aquel entonces no estábamos abrumados con los deberes, mientras era de día todos jugábamos en la calle. Tengo que reconocer que siempre anduve regular y me tropezaba conmigo mismo. En este punto creo que he evolucionado poco.

“No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres” Carlos Fuentes

Hoy, más de cuarenta años después, vuelvo a tener la misma sensación de libertad cuando voy al monte a correr. Allí también hay un mundo que explorar y además como a uno le gusta… corriendo, saltando, bajando cuestas, sentándome a contemplar ese espectacular amanecer que el genial Cuerda supo, como nadie, llevar a las pantallas. Poniéndome a prueba, subiendo cuestas que me premian con bonitos paisajes, allá por la Fuente la Parra, la Peña el Águila o la espectacular Albarda, o bajando a La Alcadima, o quedándome sin aliento por Peña Tuerta. Pisando charcos y barro (cuando llovía), gritando a las cabras si se tercia (aunque soy más de escuchar el silencio). Da igual que sea por caminos, o campo a través, o cruzando bosques,  atravesando piedras, rocas, a más de mil metros de altitud por el cruce de Molinicos, o algo menos por el “Ponta”, y tampoco importa que llueva, haga frío, luzca un atorrador sol (siempre con mi gorra) o haya que ponerse una luz en la cabeza (cómo disfruté en el Ayna Trail) para poder correr bajo la luna… Los montes son todo un mundo para explorar (aunque a veces hay quien intenta ponerles puertas), con el mismo ansia que un niño explora su libertad.

Hoy, más de cuarenta años después, cuando corro por Ayna vuelvo a sentirme como un niño, dejando los problemas a ambos lados del camino, disfrutando al máximo de ese momento y con la única preocupación de saber cuánto tiempo libre me queda…

Por los caminos he dejado ansiedad, nervios y estrés… he vuelto a sentir la libertad, he disfrutado de ella al máximo y me he sentido feliz, como cuando de niño llegaba a casa en el último minuto permitido, sudando, jadeando, con los pantalones rotos y una herida en la rodilla.

A todo esto se nos termina el tiempo, ya hemos bebido suficiente y el rabo estaba buenísimo, que alguien pida la cuenta, que hay que acudir a la casa. Mañana volveremos a madrugar, a correr, a disfrutar. Y si es en Ayna ideal.

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